Un jardín familiar

8 Jun
futDeTanti (2)

Ilustración de Gustavo De Tanti

Multiplicar plantas mediante gajos es muy fácil. Esta técnica te permitirá renovar algunas especies que tal vez se han puesto muy leñosas, podrás obtener ejemplares nuevos y aumentar el verde de tu jardín.

Ingrid termina de escribir la frase y da un enter, satisfecha. La introducción ya está, es sencilla y va directo al grano. Esta vez le tocó escribir sobre plantas que se reproducen por gajos. Mientras redacta va

releyendo la desgrabación de su entrevista a la experta. De ahí va a levantar los consejos que editará con el formato paso a paso.

El otoño es una época propicia para hacer gajos. El clima es ideal, húmedo y con temperaturas entre diez y veinticinco grados centígrados. Además, las plantas aún están activas, la savia corre más lenta pero lo suficiente como para que formen nuevas raíces y hojas antes de la llegada del invierno.

Relee lo que acaba de escribir y observa que “para hacer gajos” está de más porque la palabra gajos figuraba en el primer párrafo. No quiere escuchar al corrector marcándole las repeticiones, así que lo borra. El otoño es una época propicia. Punto. También era otoño cuando nació Aldana. Y era otoño cuando se fue. Al día siguiente de cumplir los dieciocho se lo anunció. Le dijo todo bien, pero quiero vivir otra vida, porque se puede, sabés. Vos también podés vivir otra vida, te tenés que mover, si te quedás no te quejés después, no te quiero escuchar más, hacete cargo, ok, hacete cargo. Tal vez sea mejor así, por eso no le insistió. Pero acusarla. Que la culpa es de ella por aguantar y no hacer nada. Como si fuera tan fácil. Hacete cargo, le dijo, ándate, dejálo.  Por qué me juzgás tanto, ¿qué vas a saber vos que sos una nena? No soy una nena, Sí lo sos y además sos mi hija, sos todo lo que tengo en esta vida, siempre vas a ser parte de mí. Parte de mí. ¿De qué parte de mí? ¿De mis miedos, de mi horror, de la ilusión del amor que alguna vez me inventé? Hace tanto que no la ve. ¿Y si la llama para preguntarle cómo está? Mejor no, ya conoce la respuesta: bien mamá no te preocupes me las arreglo bien sí la plata me alcanza como bien todo en orden pronto, nos vemos pronto, yo también te quiero. Dos correctas desconocidas.

Los gajos que se hagan en esta época deberán ser idealmente semiherbáceos. Esta denominación implica la sección de donde van a ser tomados los mismos. O sea que, como regla general, no se tomarán ni de las puntas, que todavía están tiernas, ni de las bases, que están muy leñosas.

Por alguna razón no recuerda cómo era ella cuando estaba embarazada de Aldana. Le duele el pecho cada vez que piensa en ella. Trata de hacer memoria pero no consigue evocar ninguna sensación de ese tiempo en que se supone la estuvo gestando. Desconoce por completo la sensación de plenitud que según dicen siente una mujer embarazada. Jamás llegó a tener una panza inmensa, ni sintió la vida nadando en su interior. Sin embargo no hay dudas de que esa bebita que apareció en sus brazos, que acurrucó en su pecho,  es fruto de su cuerpo, su retoño. Tiene sus mismos rasgos, todos se lo dicen, es idéntica a vos.

¿Y el padre? Porque hay un padre. Y a él sí que lo tiene presente. Sus ojos. Vuelve a sentir el miedo que le provocaban esos ojos, cuando la miraban, nunca fijo, más bien de costado, desde arriba o desde atrás, siempre en silencio, inquisidor. El único momento en que no la atravesaba con la mirada era cuando la cogía, ahí se ponía como un chico desamparado, pudoroso. Cerraba los ojos cuando acababa. Seguían cerrados porque al toque se quedaba dormido. Parecía tan tierno en ese momento. Pero igual ella no dormía. Sabía que la calma no era real. En cualquier momento volverían esos ojos implacables y el silencio. La antesala de la furia.

Le miraría el culo o el escote, la acusaría de puta, que a quién te querés levantar así vestida, me vas a decir que te pusiste esa tanga y no te diste cuenta que te marca los cachetes, porque sos un puta, una calientapijas, eso es lo que querés, que te la den, eh, puta vos y puta tu madre. No escuchar más, escabullirse hacia adentro en una complicada gimnasia que fue perfeccionando con el paso del tiempo. Prepararse para recibir los golpes. Enrollarse sobre sí misma, no sentir, saber del peligro y aun así entregarse a él, que sea lo que tenga que ser, porque no hay adónde ir, más que meterte hacia adentro.

El caracol terrestre es un gasterópodo invertebrado de sangre fría. Es hermafrodita y está conformado por dos partes: una concha espiral y un cuerpo baboso. La concha cubre al cuerpo blando y tiene como función principal defenderla tanto de factores ambientales como de los depredadores. Ante el peligro la babosa se refugia adentro.

Tuvo que aprender a guardarse bien porque entendió que sólo así lograría sobrevivir. No es que había dejado de temer. Apenas supo que los golpes nunca iban a ser suficientes para destruirla por completo. Algo la hacía fuerte, o él paraba a tiempo, era lo mismo. Porque ella era capaz de enfrentar todos los castigos. Ella se lo buscaba, después de todo. Merecía los golpes, los insultos, y había descubierto la forma de resistir. Podría volver a insultarla, pegarle, incluso aplastarla de un solo pisotón.

No todas las plantas son iguales, algunas prenderán más fácilmente de gajo que otras y algunos gajos serán más gruesos y otros más finos.

 

Uno de sus retoños sobrevivió al maltrato. Antes de volverse caracol, cuando era simplemente una humana, una hembra, no había podido reproducirse. Esas panzas sí las recuerda bien. El primero que murió dentro de su vientre fue Darío. Puede volver a sentir el dolor, las contracciones, que empezaron cuando estaba de cuatro meses. Ese día la había golpeado en las tetas, por puta como siempre, porque estaban tan grandes que la remera ajustada le marcaba demasiado el escote, que ella era eso lo que quería, que la miraran con ganas, que se las chuparan, que seguro había sido el jefe, el que lo hacía cornudo, seguro que era él el que la había preñado, que confesara, putá, hablá, decime desde cuando me ponés los cuernos vos.  Tantas veces lo repitió hasta que dejó de oír. Apenas vio cuando él levantó su rodilla para incrustarla como una lanza en el vientre y fue a dar al piso temblando de dolor. Percibió apenas una corriente eléctrica que la atravesaba y la panza se hizo de piedra. Pero logró meterse nuevamente dentro de sí. Fue mujer caracol.

Una vez que salió del hospital, sobrevino una época de paz y amor. Todo fueron cuidados, la rodeaba de flores, de palabras dulces, nuevas promesas. Pobrecita, lo que te tocó sufrir,  te prometo que voy a cuidarte, y vas a ver, vamos a tener otro hijo, a buscar de nuevo, Dios no lo quiso esta vez. Ricardo volvió a ser encantador, el príncipe soñado. La tenía como a una reina, todos se lo decían. ¡Qué buen matrimonio había hecho!

¿No sería su culpa que nunca estaba conforme con nada? Acaso él no cumplía. Ella no tenía necesidad de trabajar, estar fuera de casa. Por eso le pareció que era una buena idea renunciar al diario. Ser mejor esposa, cómo Dios le iba a dar un hijo si no era capaz de tener una casa y un marido como Él manda, demostrar que podía cuidar a otro ser vivo.

Iban a tener un verdadero hogar, por eso se mudaron a una casa con jardín. Él le aseguró que así sería feliz, tendría en qué ocupar su tiempo libre y podría canalizar su vocación de cuidados. Dios, que siempre perdona todos nuestros errores los premiaría con un nuevo embarazo. Lo importante era que ellos se amaban, que estaban hechos el uno para el otro, nada ni nadie los iba a separar. Antes prefería morir. O matarla, que aunque no lo haya dicho esta vez, sabía que era capaz de hacerlo. Antes te mato y me mato.

Los pasos más importantes son: uno, elegir plantas sanas, cortar varias ramas para poder preparar muchos gajos; dos, eliminar bastantes hojas ya que al no tener raíces el nuevo brote puede deshidratarse rápidamente; tres, dejar al menos uno o dos nudos por tallo, en muchos casos es ahí de donde se forman las raíces; cuatro, desde el momento en que se preparan, cortar la base del tallo recta y la de arriba en forma oblicua, esto ayuda a que el agua no se quede estancada en la punta del gajo y también sirve para identificar cuál es la parte que va enterrada y cuál va para arriba, y seis, preparar cartelitos para etiquetar cada gajo, con nombre y fecha.

 

Después de Darío, iba a ser Sol y luego ya no se atrevió a pensar sus nombres. Sabía que ante cada nuevo embarazo, cuando su vientre creciera lo suficiente, él iba a comenzar con el ritual. Los insultos, los golpes, la violencia. Había aprendido que algo monstruoso se despertaba en ese hombre que decía amarla cuando el embarazo dejaba de ser un sueño, una idea, para materializarse en un cuerpo redondo, potente, sexuado. La panza lo amenazaba y él no podía controlarse. Era un círculo vicioso. Como una maldición, algo incontrolable, él no tenía la culpa, simplemente miedo. Por eso reaccionaba así. Había sufrido mucho cuando era chico. El embarazo despertaba su dolor escondido, el abandono de su madre, la impotencia. Por eso, cuando se le desataba la furia, lo perdonaba de antemano, sabía que no era a ella a quien pegaba. Le dolía, sí, y era injusto, pero se trataba de su hombre, en el fondo era un buen tipo, que la quería. Además, la posibilidad de huir, hacer otra vida, no le parecía viable. Por eso se refugiaba en los momentos de calma, que, como siempre, volverían.

Sabía poco y nada de plantas y jardines así que, cuando le contó que había decidido renunciar para estar más tiempo en casa, él le regaló una suscripción a Jardín Vivo, la revista que te enseña todo lo que tenés que saber para cuidar tu propio jardín. Aunque no le sirvió de mucho para eso –la tierra no era lo suyo y por mucho esfuerzo que hiciera la verdad era que no tenía buena mano para las plantas-, al final se le ocurrió que podía volver a escribir, total no tenía que salir de su casa y se ofreció como free lance.

Para que el gajo crezca una vez que hizo raíz debe plantarse en un sustrato estéril tipo turba, vermiculita o perlita, para disminuir el riesgo de enfermedades que los pudran.

Después de varios intentos –en el último aborto le habían dicho que era posible que no volviese a concebir- al final hubo un nuevo embarazo. Hay fotos y ecografías que lo demuestran.  Igual no se acuerda y lo que menos se acuerda es el momento del parto. Sabe que llegó desmayada a la clínica, la bebé nació viva de milagro. Supo que él entró preso. Pero ella no hizo la denuncia así que salió pronto. Las dos ya estaban bien. Empezaron a ser una familia y él prometió que iba a cambiar.

Deben colocarse las macetas o los recipientes con los gajos en la sombra. Cuando se trata de gajos fáciles pueden dejarse descubiertos. Pero para una mayor efectividad deben taparse ya sea con la parte superior de una botella de plástico o una bolsita. En ambos casos, una vez que ha enraizado, la cubierta se retira de a poco para que la nueva plantita se acostumbre a su nuevo ambiente.

Aldana creció sana y fuerte, todo lo que hizo fue ocuparse de ella, la llevó al médico, preparó sus comidas preferidas, le puso protector solar, la ayudó a hacer sus tareas. Fue una excelente madre. Las peleas empezaron a ser a puertas cerradas, ella jamás los vio discutir, nunca notó los moretones.

Los gajos pueden tardar en enraizar. Cuando lo hayan hecho los signos serán brotes nuevos y también raíces asomándose por la parte inferior de la maceta. Entonces pueden separarse con cuidado para no romper las raíces y ponerlos en macetitas individuales.

¿En qué momento su hija se convirtió en una mujer? ¿Cuándo creció? ¿Cómo se dio cuenta de todo? ¿Cuándo dejó de ser su compinche, su niña mimada?  ¿De qué la acusa? ¿Por qué la deja sola?

La culpa la tiene  él. Esto sí es culpa suya. El padre compró el departamento para que ella se mudase, fue él quien la apoyó para irse de la casa. Ahora le da plata cada mes y su hija ya no la necesita. Y ella ya no lo necesita a él. En verdad, ya no necesita a nadie y nadie a ella. Tampoco la necesitan en Jardín Vivo, apenas le encargan tres notas al año y por compromiso, por los años de buena relación.

Las plantas en general dejan de crecer y empiezan a marchitarse cuando la maceta en que están sembradas no tiene tierra útil para nutrirlas, todo el espacio está ocupado por raíces. En ese caso se deberán tomar medidas.

Ilustración de Gustavo De Tanti
Texto de Daniela Chueke
Para Que no te falle el verosímil
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