Viaje a Yasoy

9 Sep

la foto (26)Podría ser un planeta nuevo, acaso un país: Yayoi, Yasoy. Flashes recontrasubjetivos sobre la muestra Obsesión infinita de la artista japonesa Yayoi Kusama.

I

–  Ale, tenés pegado un sticker en el sweater.

– Ah, sí, tengo más, son todos redondeles, mirá, te los daban en el Malba. Fuimos hoy a la tarde.

-¿Querés que te los saque?

-No, dejá me los pegaron los chicos, si me los quito me matan.

Era la última noche de mi amiga en Buenos Aires y nos despedíamos,  su familia y la mía, en una pizzería de la avenida Corrientes antes de que volvieran a Tucumán. Aunque tuve ganas de preguntarle qué había ido a ver, el  diálogo se terminó ahí: alguno de los chicos pidió que le sirvan la coca, otro reclamó una segunda porción de muzzarela y, como suele suceder en esos casos, el diálogo entre amigas quedó trunco.

No llegué a preguntar qué era eso de los lunares y asumí que se trataba de alguna más de esas propuestas redundantes de las vacaciones de invierno, en las que todo está orientado a satisfacer las supuestas necesidades de consumo del público infantil.

II

Tuve un segundo acercamiento a la cuestión de los lunares dos semanas más tarde, el 11 de agosto, cuando salía de votar para las PASO en el San Martín de Tours en Palermo. la foto (9)Había un sol espléndido, estaba sola y podía aprovechar para mirar las vidrieras del  Paseo Alcorta, a pocas cuadras de allí. Al pasar frente al Malba vi que todos los árboles de la cuadra estaban vestidos con telas rojas repletas de redondeles blancos. La parada de colectivo que está justo frente a la entrada de la soberbia mole de travertino beige que alberga al museo de Eduardo Costantini, tenía un montón de círculos rojos y los paneles vidriados de la entrada al edificio, prolongaban el motivo de decoración. Digo “decoración” porque hasta el momento tantos lunares me habían parecido no  más que un diseño gráfico. Destacable, sí, por atractivo, fresco, alegre, jovial y, sin dudas, muy fashion: era un motivo ideal para alguno de esos modelos entallados ultrafemeninos de Las Oreiro.

Me asaltó cierto impulso de entrar a ver de qué se trataba la muestra, comprobar si esos árboles tendrían relación con lo que se exponía, pero tanta cantidad de gente que entraba y salía terminó por ahuyentarme. Para multitudes prefiero el shopping. Allí, justo en la puerta de entrada había un afiche con la foto de una señora con peluca rojo flúo y una camisa también roja con lunares blancos. Marta Minujín pensé de lejos, me faltaban los anteojos  y no llegué a reconocer sus rasgos orientales.  Más de cerca, en el cartel leí que se anunciaba la muestra de Yayoi Kusama quien, supe después, es la mayor artista japonesa viva. Tiene 84 años y vive, desde hace 30, internada por voluntad propia, en un hospital psiquiátrico de Japón. Y se parece a Marta Minujin.

III

Con estos datos previos y el resto de ignorancia, el jueves 15 de agosto a las dos de la tarde fui a la retrospectiva de Kusama que se llama Obsesión infinita y se exhibe en el Museo Argentino de Arte Latinoamericano hasta el 16 de septiembre. la foto (6)Me inquietaban dos cosas: una) Qué sentido tenían los lunares –al menos si habría alguno más allá del decorativo-, dos) Si yo sería capaz de esquivar la mirada psicologicista obligada que se derivaba del título de la muestra. No me resultaba interesante descubrir cuáles eran esas obsesiones, ni relacionar los padecimientos de la artista con su modo de superar la locura a través del arte. La arteterapia se practica hace años y su rol en el campo de la salud habrá sido novedad en cierta época pero hoy ya no es discutido. Pensando en esto me acordé que una amiga de la infancia, psicóloga que vive en París, estaba en Buenos Aires y que habiendo arreglado vía Facebook encontrarnos a tomar un café, todavía  no habíamos concretado el plan; tal vez ninguna se había esmerado en organizarlo porque una cosa es sostener una relación de comentarios en muros virtuales y otra sentarse a charlar de cómo le iba en la vida a cada una después de veinte años de no vernos. Me pareció que esta ocasión podía ser una buena excusa para juntarnos, llevar a un viajero al Malba siempre queda bien, así que llamé a su hermana para que me ayudase a ubicarla. Le comenté que mi idea era invitar a Débora a acompañarme a ver Kusama; “¿A lo de la meshnune?, jaja”, soltó sin filtro –meshnune en el dialecto árabe que hablaban nuestras abuelas sefardíes, significa “loca”- y me reí porque lo automático de su respuesta me hizo registrar que no sería tan fácil zafar del tema de la locura. Proseguí con los llamados durante todo el viaje en colectivo pero al final no la ubiqué y ya había llegado a la parada.

Allá voy, pues. Alone.la foto (5)

IV

Esta vez la caminata frente a los árboles “intervenidos”- que así es como debe una referirse a la situación si quiere hablar con elegancia- la disfruté mucho más que aquel primer domingo cuando los noté de pasada. Se veían cálidos, frágiles y orgullosos, tal vez reconfortados con sus abrigos de lunares rojos y blancos. Los vestidos, reparé, resultaban una suerte de vendaje protector, especialmente cuando cubrían  los muñones de aquellas ramas que les habían sido amputadas. De algún modo, lograban amortiguar el dolor silencioso de esas plantas sometidas a la despiadada poda con que el gobierno de la ciudad había arrasado a la mayoría de los árboles porteños. Pensé que entonces no importaba si los vestidos by Kusama habían sido puestos allí como un guiño al mundo de la moda, ni si se trababa de una estrategia de marketing para atraer visitantes. Era un gesto generoso, su efecto, al fin de cuentas, había resultado sanador para esos árboles heridos.

Aunque era jueves, un día laborable, había fila para entrar. Retiré mi invitación y antes de subir al primer piso di una vuelta por el hall para entrar en clima. Unos afiches anunciaban varias actividades relacionadas con la temática de la muestra: una conferencia de un doctor en historia de las artes, Hugo Petruschansky, sobre Deseo, muerte, sin punto final en la obra de Yayoi Kusama; un curso sobre Autoborramiento/profusión: lo fantástico y narrativas del yo en la literatura japonesa, a cargo de Anna-Kazumi Stahl, traductora de un libro de la artista próximo a publicarse; el recital Pomelo concerto en el que se musicalizarían textos de Grapefruit, el libro de Yoko Ono, y una performance titulada Self-Obliteration, la plegaria que promete intervenciones sorpresivas para que los visitantes que se encuentren recorriendo la muestra el 7 de septiembre escuchen mantras tibetanos a cargo de Mónica Kerzberg, ejecutante de swarpeti shruti box y cuencos.

Y no habiendo aportado explicación autorizada alguna acerca de lo que nos ha convocado a esta crónica, llegó el momento de saciar la deuda con el lector. Cumplo en informarle, pues, que Obsesión infinita es una retrospectiva curada por Philip Larrat-Smith, vicecurador en jefe del Malba y Frances Morris, jefa de colecciones internacionales del museo londinense Tate Modern, quienes trabajaron durante dos años para traerla a Buenos Aires. La exposición presenta más de cien obras de la artista, creadas desde 1940 hasta ahora, que incluyen pinturas, trabajos en papel, esculturas, videos, slideshows e instalaciones

Subo la escalera mecánica que conduce al primer piso y al llegar veo un telón negro en la pared de la izquierda por donde se accede a la muestra; lo descorro y quedo frente a la primera obra de la exposición: un video en el que una joven japonesa vestida con un kimono tradicional floreado y llevando una sombrilla rosada que combina con su traje  camina por un barrio pobre de Nueva York en medio de grandes edificios que parecen fábricas abandonadas. Cada tanto, la joven enfocada de espaldas se da vuelta y mira a la cámara, es decir a nosotros, el público, con una expresión serena, acaso neutra, no sonríe ni llora, no hay música de fondo que nos induzca lo que se supone que tenemos que sentir frente a estas imágenes. Es que no se trata de un videoclip, es la filmación de una performance, es decir, arte  en vivo o arte conceptual.la foto (14)

En el recinto amplio que sigue a continuación, sobre paredes blancas, impecables, se disponen uno al lado del otro una serie de cuadros discretos, en tamaño y colores. Son sus primeras obras, de los años 50, donde influida por la renovación japonesa después de la Primera Guerra Mundial, Yayoi Kusama explora el uso de pinturas comunes mezcladas con arena, trabaja sobre lienzos de bolsas de semillas y su búsqueda se centra en el color y la forma para evocar figuras abstractas y fenómenos naturales. Aprendo esto cuando me cuelo en un grupo acompañado por una guía, al que a lo largo de todo el recorrido iré sumándome y alejándome cada vez que me pese la ignorancia.

Acá es cuando empiezo a intuir que lo de los círculos y los lunares que nos atrajeron a la mayoría de los que estábamos allí, escondía algo más profundo que una intención decorativa, porque la artista no empezó su camino dibujando puntos, algo que cualquier niño de cuatro años ya debería poder hacer a la perfección, sino que arribó a ellos al final de su recorrido artístico, quizá como síntesis de una larga búsqueda de sanación para su alma. O las nuestras.

Según explicó nuestra guía, a Kusama le preocupaba la violencia del mundo, el sinsentido de las guerras, los abusos a la infancia, que ella misma había protagonizado.  Desde acá puede verse el siguiente espacio de la exposición, un corredor amplio en el que se exhiben cuatro o cinco bastidores enormes que, desde donde estoy a unos 10 metros, parecen completamente blancos. Los niños que visitan la muestra, que son unos cuantos, pasan de largo arrastrando a los mayores que los acompañan hacia la próxima sala, que debe parecerles más atractiva: hay un sillón plateado lleno de una almohaditas con forma de papas también plateadas y unos collages muy coloridos. Veo que algunos pibes andan con la plancha de stickers redondos de colores que nos daba en la entrada; eran idénticos a los que mi amiga Ale tenía pegados en el sweater la noche de la pizzería y que sus hijos de 5 y 7 años le prohibían quitarse. Miro que al pie de mi propia plancha está escrito The Obliteration Room, y deduzco que los calcos de colores tenían alguna finalidad anterior a la de convertirse en souvenir para los chicos. Lo descubriré más adelante.la foto (11)

Por ahora estoy frente a una de estas pinturas blancas, dispuesta al ejercicio de percibir si me emociona en algún sentido y en ese caso intentar decodificar por qué. Siento necesidad de acercarme un poco, y veo que está pintada con óleos, me doy cuenta porque detecto la textura rugosa que decido apreciar con el sentido del tacto apoyando cuando nadie me ve mis dedos índice y mayor sobre la tela. Mea culpa. También advierto que la monocromía blanca no era neta, se distinguen unas huellas de pinceladas lechosas intercaladas con otras grises. De nuevo me encuentro con la guía así que, ya con menos timidez, me sumo a su grupo y accedo a la explicación. Estamos frente a la serie Infinity Net (Red infinita), una de las más famosas obras de Kusama, porque se la considera fundacional de un estilo pictórico nuevo, que no es puntillismo aunque se le parezca, sino que se relaciona con la repetición sistemática de trazos en forma de cuña y la superposición de un color sobre un fondo uniforme, de efectos hipnóticos. Las obras de esta serie, prosigue la experta, fueron definidas por la propia artista como pinturas sin principio, centro ni final. Son precursoras en algún sentido de la estética minimalista, ligada a las enseñanzas del budismo zen respecto del valor de lo simple y del desapego.

la foto (15)

Estas obras las realizó a fines de los 50 y comienzos de los 60 en Nueva York, adonde la artista se había mudado para contactarse de cerca con sus corrientes artísticas; cumplió su propósito: conoció a Andy Warhol y otros artistas clave de la vanguadia neoyorkina de la época. Acá detecto la primera coincidencia con Marta Minujin, también ella era amiga de Warhol, pero por el momento no veo nada en términos estéticos que amerite una comparación más persuasiva, sin contar la extravagancia de sus respectivas figuras que me había llevado a confundirlas.

En la siguiente parada están dispuestas la silla con las papas plateadas y otras esculturas que repiten el motivo de las papas. La guía cuenta que toda esta obra se relaciona con el hecho de que Yayoi la pasó realmente mal –sus palabras textuales-  en Nueva York, allí pasó hambre. Y fue esta circunstancia lo que la inspiró a crear toda la serie de Accumulation Sculptures presentadas por primera vez en 1964, donde las papas, además de simbolizar la comida que escaseaba, remiten por su forma fálica a la repulsión que la artista sentía con respecto al sexo. El sentido de aberración frente al falo era producto de los abusos que había sufrido en su infancia cuando su padre tenía varias amantes y su madre obsesionada con las infidelidades, la mandaba a seguirlo y espiarlo para luego narrarle en detalle las escenas presenciadas.

Los falos siguen presentes hasta hoy en la obra de Kusama, con el tiempo se fueron despojando de su sentido intimidatorio original para convertirse en un objeto alegre y festivo, pero siempre inquietante.la foto (8) Algo así se percibe en la instalación Sala de espejos del infinitoCampo de falos (1965-2013), una habitación de paredes revestidas de espejos, adonde como si fuesen plantas en pleno crecimiento se despliegan en todo el suelo una incontable cantidad de globos con forma de chorizo, blancos con lunares rojos. Este es uno de los hits del recorrido,  hay que hacer fila para acceder, se entra de uno o de a dos por vez y no hay un tiempo establecido para permanecer.  O será que ahí dentro se pierde la noción del tiempo y no han pasado más de 30 segundos, quien sabe, lo cierto es que se sale en un estado de espíritu, por lo menos, agitado. Sentí que necesitaba decantar emociones, que no podía pasar a las siguientes instalaciones, no al menos si como presuponía serían igual de apabullantes. Espié apenas en una sala donde se proyectaba una performance de Kusama joven, con su pelo negro largo y su flequillo perfecto, llevando un caballo, la bella y la bestia con sus cuerpos desnudos recubiertos de lunares; también dediqué apenas una ojeada a un cuadro donde el retrato fotográfico de la artista está salpicado con lunares pintados con tinta verde y  roja. La obra se llama Self-Obliteration, que traducen como autoborramiento y aquí es cuando finalmente se revela que los lunares funcionan como un recurso al que la artista atribuye el poder de luchar contra el ego, el culpable de las ambiciones desmedidas que nos enfrentan a los humanos unos contra otros.

Lo escribe ella misma en 1968, en una carta que le manda al presidente de Estados Unidos, Richard Nixon, la fotoresponsable de la intervención estadounidense en la guerra civil de Vietnam. El original de la misiva se exhibe en una vitrina, dispuesta sobre una mesa, que también contiene varios recortes de diarios con noticias sobre los happenings y las performances que Kusama junto con sus nuevos amigos representaban por entonces como forma de denunciar la violencia y reclamar el fin de la guerra. Provocación o propuesta sincera, lo cierto es que Kusama invita a Nixon a pintar sus cuerpos de sus famosos polka-dots  (dicho en inglés suena más misterioso): “Nuestra tierra es como un pequeño lunar entre otros millares de cuerpos celestiales, una orbe llena de odio y conflictos en medio de las esferas pacíficas y silenciosas… Olvidémonos de nosotros mismos, querido Richard, y volvámonos uno con el Absoluto y en nuestro ascenso nos pintaremos mutuamente con lunares, perderemos nuestros egos en la eternidad sin tiempo y finalmente descubriremos la verdad desnuda: ‘No se puede erradicar la violencia con más violencia’…”, le escribe.

La Habitación del borramiento o The Obliteration Room es una especie de living con los muebles habituales de cualquier casa: mesa, sillas, sofá, lámpara, vajillero, solo que en este caso se trata de una instalación dispuesta por la artista y completada por los visitantes: al comienzo era blanca y ahora después de más de 16.000 personas que han pasado por allí, está repleta de calcomanías redondas de colores, las que nos dieron junto con nuestra entrada. Yo me guardo mi planchuela de stickers, no me entusiasma la propuesta de pegar los círculos, pero los chicos presentes, se ve que están muy felices. Mientras ellos juegan sus madres, tutores o encargados ensayan explicaciones del tipo esto es arte, no podés hacerlo en casa, y otras intentan infructuosamente conducirlos hacia la siguiente sala mediante la tradicional e ineficaz arenga de vamos vamos. Ninguno parece dispuesto a abandonar la diversión hasta haber pegado el último lunar y varios de ellos se entretienen intentando despegar los stickers que ya fueron instalados por sus antecesores para volverlos a ubicar por ahí. La sala contigua, I’m Here But Nothing (Estoy aquí pero nada), otra locación de estilo hogareño está iluminada con una luz ultravioleta que hace que los lunares de las paredes se vean brillantes.

Me alejo de los salones de fiestas infantiles felicitándome por el valor de haber venido sin los míos y paso a la última instalación: Infinity Mirrored Room – Filled with the Brilliance of Life. Estamos otra vez dentro de una habitación rodeada de espejos enfrentados. Recordé que la primera vez que había descubierto el truco de la infinitud mediante los espejos había sido de chica, en un paseo con mi amiga Débora, la que había sido mi amiga en la infancia que se coló en mis pensamientos cuando iba en viaje a esta muestra. Ahora entendía por qué como adultas, lográbamos reunirnos con asiduidad en facebook,  pero no en la vida “real” y que el hecho de que la tuviese presente justo en ese momento no había sido casual: con ella, de muy chiquitas, a los 5 o 6 años nos pasábamos horas mirando al techo, al cielo, al horizonte -según si estábamos en departamento, parque o playa- y jugábamos una suerte de certamen en el que cada una planteaba a la otra preguntas difíciles del tipo que hay después de tal o cual planeta, cuándo se termina el universo  o dónde está el creador de todo lo que nos rodea. No nos cansábamos nunca de ese juego infinito, del que sólo nos sacaba el llamado a la merienda. Esa niña que fui, la que alguna vez tuvo una amiga del alma que compartía su anhelo de hallar todas las respuestas, era la que estaba ahora atravesando la sala de espejos. Con curiosidad registro que no son los cuerpos de los que caminamos por ahí lo que se ve repetido en el infinito, nos rodean unas minúsculas lámparas colgantes. la foto (9)De hecho casi desaparece nuestra imagen y en cambio sólo podemos ver interminables lunitas luminosas que cambian de color y logran un efecto que me puso fuera de las coordenadas cartesianas de tiempo y espacio. De algún modo tuve la certeza de que esas luces me contenían, me acompañaban. Sentí como si alguna materia no identificada se desprendía de mi cuerpo y saltaba hacia ellas, se movía, bailaba; mi mente quedó libre de miedos y de críticas racionales, ausentes los juicios binarios del tipo bueno-malo, lindo-feo, loco-cuerdo, caro-barato, adulto-niño, arte-marketing, soy o no soy. De pronto comprendí que los niños eran el público natural  de la restrospectiva de Yayoi Kusama, no tanto por los colores ni por la posibilidad del juego, sino porque son ellos –dice el budismo y otras muchas filosofías- quienes están más próximos al conocimiento de la totalidad del universo, la noción que en definitiva, se sugiere a lo largo de todo el recorrido y que se sintetiza en esta sala. Algo que estaba dentro de mi cuerpo, alma, mente, espíritu o lo que fuera que es este ser vivo que se supone que es mi yo se despertó en medio del aquel radiante brillo de la vida. Por ponerle un nombre, porque todo lo creado, necesita un nombre, llamémoslo Yayoi o Yasoy que tal vez, en ese preciso instante, fue lo mismo.

la foto (7)

Publicado en Orsai – para el Master de Periodismo Cultural de Gonzalo Garcés

2 comentarios para “Viaje a Yasoy”

  1. vero septiembre 9, 2013 a 10:15 pm #

    Una mirada original que nos deja espiar y vivir el mundo Kusama, Aplausos!!!!

  2. Daniela septiembre 10, 2013 a 10:57 pm #

    Gracias Vero, con gesto de reverencia.

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