El cuidador

17 May

alleno

Todos los días se parecen en el cementerio. Al alba, cuando todavía el cielo está oscuro el cuidador se levanta para hacer su primera ronda del día. Sale a caminar entre las lápidas y los panteones de mármol con la mirada atenta y el oído aguzado para comprobar que todo esté en su lugar.
Se sabe, por las noches en los cementerios, pasan cosas raras y aunque el suyo está a buen resguardo de vándalos o vagabundos, nunca está de más hacer una recorrida preventiva antes de comenzar con la rutina de la limpieza y mantenimiento.
No sea cosa de que algún visitante de esos que empiezan a llegar temprano, desde que se abren las puertas, a las 9, se llegue a encontrar con los vestigios de algún hecho impropio, como los que suelen dejar esos borrachos, que cuando logran burlar la seguridad, se meten entre las tumbas a fumar o a tomar cerveza. Por no mencionar las otras indecencias.

Hace más de diez años que David limpia el cementerio más aristocrático de la ciudad. Sólo las familias más distinguidas conservan a sus muertos allí, en bóvedas como palacios, tan elegantes, tan majestuosas como debe ser el castillo de un príncipe medieval. Aunque no conoce mucho de historia, aunque jamás salió de las periferias del cementerio, David imagina que así habrán sido los castillos europeos.

Piensa en ese tipo de cosas mientras barre, baldea, limpia y lustra los más mínimos detalles de las tumbas. No hay lápida, mármol, bronce, estatua o cajón, como esos que están a la vista en las bóvedas de los apellidos más tradicionales, que él no conozca. Los ha cuidado a todos, los ha limpiado uno por uno, con esmero, con excelencia, con el mismo amor que si de un difunto suyo se tratase.

Por eso, está seguro, es que se ganó el respeto y el cariño de los familiares de sus muertos. Cuando llegan los recibe con amabilidad y descubre a los recién iniciados porque andan como perdidos, sin poder ubicar el tablón que debe visitar. Por eso David los guía, mientras les hace una observación sobre el lugar privilegiado que le ha tocado a su pariente, por el silencio, por la sombra de los árboles, por la buena luz para que crezcan las azucenas.
Se sabe de memoria la ubicación de cada sepultura, las recuerda por los apellidos o por alguna leyenda ocurrente, le cuenta, y al despedirse, les pregunta qué necesitan, se muestra solícito.
Siempre le dejan algún encargo, repintar las letras desgastadas, arreglar el jardín, poner alguna planta nueva, arreglar una foto o hasta mantener un detallado informe de quiénes son y qué hacen los visitantes de su querido difunto.

David ahorra hace diez años todo lo que gana cuidando el cementerio. Quizá algún día se compre un pasaje y se vaya de viaje a recorrer el mundo, cambiar de vida. Es lo que le recomienda siempre su mamá, su querida vieja, tan solita quedó en el barrio desde que enviudó. La ve una vez por mes, cuando se toma algún un domingo, porque trabaja los francos, para ahorrar. Sí, va a darle el gusto y va a comprar un pasaje para él y también para ella. Podría llevarla a España, a conocer la tierra de sus ancestros, o a Uruguay, Europa está muy lejos y quién sabe si aguantará el trayecto. O mejor se compra un auto, aunque para qué, si él no va a ninguna parte que no pueda llegar caminando, salvo una vez por mes a la casa de su madre. O un departamentito de dos ambientes, para cuando se jubile, aunque falta mucho todavía, en un par de meses recién cumplirá los 40. Y no tiene familia, para qué va a necesitar un techo. No, sin dudas, lo mejor es comprar un pasaje y viajar. Se lo contará todo a la vieja, la próxima visita.

El miedo. Es por el miedo que no se atreve a largar todo de una buena vez. Yo rezo todas las noches porque llegue ese día, porque sé que va a llegar, en que se va a decidir y se las va a tomar de ahí. Se lo digo siempre: este trabajo se está consumiendo tu vida, lárgalo, buscá otra cosa. Y él dice que sí, que lo sabe, que esto no da para más.
Que está ahorrando, que no tiene gastos, que le dan casa y comida, que nadie le da órdenes, que se organiza bien con sus horarios.
Y es cierto, tranquilo está, no se lo voy a negar. Pero eso no es vida. Siempre rodeado de muertos. Con sus ahorros podría alquilarse un local chiquito, acá, en la otra cuadra de casa, volver al barrio, cerca nuestro, somos su única familia, si no se casó, ni tiene novia que se sepa. Y ya está grande, va para 40. Siempre en el cementerio, es como un muerto en vida. ¿Cómo puede trabajar en un lugar así? Entiendo cuando me responde que alguien tiene que hacerlo, que es un trabajo digno, cómo él dice: no le anda robando el pan a nadie, eso es verdad. Pero mi hijo, ¿por qué tenés que ser vos? Se lo rogué de nuevo cuando nos visitóel domingo pasado. Y me dijo que lo pensaría, que quizá iba a comprarlo. Al kiosco de la esquina. Hace varios meses que está en venta el fondo de comercio y el alquiler no es tan alto. Si lo compra hasta podría venirse a vivir a casa, no tendría que pagar un techo aparte, si acá somos el Alemán y yo nomás. El Alemán es el que más lo extraña desde que se fue. ¡Cómo lo seguía a todas partes! Parecían hermanitos, los dos, David le tiraba un palo, una pelota, un par de medias, lo que tuviera más cerca y el perro saltaba y corría por todo el patio hasta encontrarla y volver con el trofeo en su hocico moviendo la cola. ¡Y las fiestas que le hace cada vez que aparece! No llegamos a tomarnos ni dos mates que ya tiene que llevarlo a retozar, no como antes, claro, está viejito el pobre, pero la pelota y el David, todavía son sagrados para él.
El próximo domingo, Alemán, no vas a poder jugar mucho, sabés. Es que en cuanto llegue el David, vamos a ir a ver al kiosquero, ya arreglé. Nos espera en cuanto podamos, para que conversen, a ver si lo convence y se decide a comprarle el boliche. Cómo le va a cambiar la vida, cuando tenga su propio negocio, y de golosinas, ¿qué puede haber más lindo que vender dulces, caramelos, los chocolates, paquetes de todos los colores? En lugar de muertos lo van a rodear los chicos, el bullicio y la alegría. Va a ser como una fiesta y, quién te dice, quizá hasta conozca alguna chica del barrio y se nos case.

En venta dice el título de la carpeta tres solapas amarillenta tirada sobre una docena de folios idénticos. Pero esa tiene una etiqueta con letras rojas que resaltan por sobre las demás: EN VENTA. Es el lote 583 el que está en venta. Se lo confirmó el administrador, la semana pasada cuando le pagaba el sueldo. Como haciéndose el gracioso le dijo que por qué no se lo compraba, que con lo que tenía ahorrado podría pagarlo. Se trataba de un lugar exclusivo en el cementerio de la gente honorable, el de las familias aristocráticas de la alta sociedad y no cualquiera podría acceder a una oportunidad semejante.
Se rió al acordarse de la anécdota, mientras daba su última recorrida nocturna. Se sobresaltó cuando pasó un gato maullando, tan distraído estaba, no fuera que por fin se topase con un fantasma, esas historias tan disparatadas que inventan algunos.
No vio uno jamás en los diez años que lleva transitando cada uno de los rincones de este cementerio. No hay que temerle a los muertos, respondía siempre que le preguntaban si no temía pasara las noches en el camposanto, hay que tener cuidado de los vivos.
Volviendo al tema que ocupaba sus pensamientos, el de la parcela, no estaba mal la idea, se dijo. Si al fin de cuentas ese era Su cementerio, más que de nadie. ¿Acaso él no tenía derecho a descansar ahí cuando le llegara su hora? Y no sólo a ser enterrado en Recoleta tenía derecho. También a poseer su propia bóveda como castillo medieval, de mármol, elegante y señorial, imponente. Una bóveda donde todos aquellos que lo hubiesen conocido pudieran honrar su memoria. También tendría una estatua de sí mismo. Una obra tallada a mano por un verdadero artista italiano, una figura humana de piedra, que perdure por los siglos de los siglos y sea admirada por los cientos de miles de personas que iban a visitar su mausoleo cuando él se haya convertido en polvo.
Como El pensador de Rodin o el David de Michaelangelo… una magnífica obra de arte sobreviviría para recordar su pasaje por esta corta existencia, el David Alleno, El cuidador.
Así las cosas, al final se decidió a comprar. Era una buena inversión. Quizá la más adecuada. De modo que una vez tomada la decisión, los pasos siguientes fueron sencillos. Cerró la operación a la mañana siguiente y el viernes ya tenía la escritura y hasta un boleto de barco a Génova, adonde viajaría para encargar su estatua.
Se lo contaría el domingo a la vieja, seguro se iba a emocionar. Su hijo por fin había conseguido un título, un nombre un lugar entre la gente más respetable de la ciudad. Tenía su propia tumba en Recoleta.
No veía el momento de estrenarla.

Epílogo.
Un día de 1910, después de haber trabajado en el cementerio desde 1881, David Alleno se encontró con que su bóveda estaba totalmente terminada y exhibida su escultura, tallada por un artista genovés de nombre Canessa, con un bajorrelieve de mármol de carrara en el que hoy se lee: “David Alleno, cuidador del cementerio desde 1881 hasta 1910”. Ese día, avisó a la administración del cementerio que cesaba en sus tareas, llegó a su casa y se pegó un tiro. Tenía 40 años.
Esta historia es una leyenda urbana sobre el cementerio de Recoleta y la encontré buscando cómo es la vida cotidiana de un cuidador de cementerios. La idea de que un tipo que había pasado toda su vida cuidando tumbas podría querer comprarse un terreno en un lugar así, se me ocurrió mientras escribía buscando una historia para la consigna. Arranqué con El miedo, porque era la sensación que me recorría el cuerpo en ese momento, cuando me puse a escribir durante un viaje en taxi, no tenía idea de cuás sería el objeto de la compra, así que arranqué con escritura automática: birome en hoja.
No sé en qué momento apareció este personaje, pero llegó, lo vi. Era parecido a José el cuidador del cementerio donde está mi madre, un tipo amable, siempre tan dueño de la situación.
No sé nada de su vida, sólo hablamos de las tumbas, los muertos nuevos, las familias que se conectan entre sí, que las conoce a todas, desde mi abuela, mi abuelo al que nunca ví, un tío, pese a los distintos apellidos, él es capaz de reconstruirte el árbol genealógico si se lo pedís.
No sé mucho más sobre José, pero puedo imaginar que no imagina un lugar mejor para vivir.

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