Primos hermanos

3 Mar

 

Primos hermanos

Sólo falta Hernán en la foto. Los demás estamos todos.

Es curioso darme cuenta de que soy la única que aún mantiene alguna clase vínculo con la mayoría. No creo que sea casualidad. Por algo estoy sentada en el medio y adelante, en el vértice de una ve corta acostada como la que forman las bandadas cuando vuelan.

Soy apenas una niña, pero me tapo los ojos, mientras apoyo mi dedo mayor en el entrecejo, con el mismo gesto de fastidio que repito, casi 39 años después, toda vez que busco claridad adentro de mi mente. Me siguen molestando los gritos alrededor, especialmente cuando demasiada gente habla sin escucharse para ponerse de acuerdo pero, en verdad, cada uno trata de imponer su opinión.

Seguramente fue Berneti, el fotógrafo que retrataba por entonces los acontecimientos familiares, quien intentaba darnos indicaciones para que posásemos quietitos y ordenados, mientras mi abuela y mis tías,  intentaban ayudarlo a conseguir la pose ideal. No sé cuál de ellas habrá dado la idea de que se ocultase al tío Marcos detrás de un almohadón, pero puedo sospechar que quien ejecutó la orden fue mi padre. El siempre se sintió obligado a obedecer a su madre y complacer a sus hermanas, sin contar que era el único que usaba relojes importantes como el que se ve en la mano que sostiene el improvisado telón.

De esta escena, sin dudas, puede tomarse como indicio de que muy poco de lo que hacemos en esta vida  es casual.  Algo había de anunciado en aquello que sucedería años después,  cuando Marcos, quizá cansado de tantos desaires, decidió borrarse a sí mismo. Hoy nadie sabe si vive, ni adónde.

No puedo decir que se lo extrañara demasiado; casi no se habló más de él y no recuerdo que mis padres ni tíos lo hayan mencionado siquiera. La historia me entristece no por mí, sino porque me provoca solidaridad el dolor silencioso de Natu, esa niñita de 3 o 4 años que se negaba a ser retratada si no le permitían sentarse en las piernas de su papá.

Aunque no somos íntimas quiero mucho a mi prima. Quizá porque yo soy hija única y porque ella no tiene hermanas mujeres, a partir de que nos reencontramos en el velorio de la tía Clara retomamos el contacto que no fue muy frecuente en nuestra infancia pero que, ahora de adultas, transformamos en una amistad.  Compartimos conversaciones sobre la maternidad y ciertos rituales, adoptados en los últimos años, alrededor de ceremonias y festejos familiares.

Sé, porque me lo contó, que a ella le impactó fuerte la ausencia de su padre. Nunca comprendió por qué, cuando se separó de la tía Zule, él decidió también – aunque quizá lo hayan llevado a ello los acontecimientos posteriores- cortar todo vínculo con sus hijos. Sus  hermanos César y Elián, en cambio, prefirieron no verlo más. Cuando Natu lo visitó años más tarde,  no le dio el recibimiento cálido que ella esperaba, de modo que terminó por adoptar la postura de los varones. Marcos ya había formado otra familia y, probablemente, había decidido dejar atrás un pasado en el que le había tocado el rol de pobre tipo incapaz de mantener a su mujer y su prole.  No era un valor destacable ante el clan Choukron el hecho de ser herrero, aunque fuese uno muy bueno; no ganaba buen dinero- decían que porque era algo vago- y tampoco tenía dotes intelectuales que le permitieran elevarse al nivel de las conversaciones versadas en viajes, libros y política, propias del resto de la familia.

Roberto, mi papá, fue siempre el obediente escudero de mi abuela Renata, una mujer fuerte, no demasiado cariñosa, pero buena cocinera. Todavía recuerdo el sabor agridulce de sus guisos sefardíes y las conversaciones secretas de ambos a espaldas de mi madre, que yo espiaba detrás de la puerta de su escritorio. En esos momentos ella le pasaba el reporte de necesidades y urgencias familiares. Hasta el último día de su vida, postrado como terminó en un geriátrico de Flores, Roberto cumplió el mandato materno que lo llamaba a ocuparse del bienestar de cada uno de sus hermanos. Había sido el mayor de tres varones y dos mujeres; vivían en un conventillo del Abasto, en la pobreza, como siempre aclaraba. Su padre, mi abuelo Jaim, siempre estuvo enfermo de temblores, de modo que, como primogénito, Roberto debió asumir un rol activo en la tarea de la crianza y el sustento familiar; a los 11 años  ya vendía peines en los trenes y fumaba.

No le fue del todo mal. Veló porque sus hermanos tuvieran pan, educación y matrimonios. Y más tarde, se aseguró, junto con Felipe, su hermano socio, hábil y seductor ingeniero, que los abuelos Jaim y Renata, tuviesen su propio departamento cercano al nuestro en Recoleta.

Entre ambos, desde la oficina que compartían en el microcentro, quitaban tiempo a sus negocios de la construcción y los proyectos inmobiliarios, para responder a cada uno de los requerimientos y pedidos de la matriarca Renata. Además de cumplir con la entrega de una mensualidad suficiente que les permitiera a los abuelos reunirnos a todos a cenar cada viernes, Felo  y Rober, se ocupaban de que sus hermanas contaran con las comodidades materiales que sus maridos no podían darles. Hasta tuvieron que obligar a Abelito, a abandonar sus aventuras de aviador en Estados Unidos, para retornar al círculo de influencia materno. Abel también obedeció; volvió, se casó con Lucía, una mujer bella, de buena familia, pero que había quedado de saldo – ya rondaba los 30 cuando dio el sí como Dios manda- y juntos tuvieron 3 hijos: Damián, Fabio y Hernán, el que no había nacido cuando nos tomaron la foto.

Siempre me contagió sus ganas de vivir el tío Abel; los relatos de sus viajes me inspiraron cuando decidí irme un año sola a recorrer Europa. El ya había logrado dejar el alcohol, pero no había perdido su entusiasmo ni sus gestos teatrales que desplegaba – y me deslumbraban tanto- cuando los domingos a la noche, al salir del grupo de AA, pasaba a visitarnos.

De Renata heredamos las primas, nuestro segundo nombre y el designio que éste encierra. No exagero al pensar que, de algún modo u otro y por razones diferentes, las tres supimos renacer. Ya conté parte del esfuerzo de Natu por superar la ausencia de su padre. De mí no quiero hablar.

Así que es el turno de Paula. A ella  la fortuna la tocó con la varita porque, además de dotarla de una cara,  sonrisa y cuerpo espléndidos,  nunca supo de problemas económicos. Pero le cobró caro tamañas bendiciones. Es un año menor que yo y un par de años mayor que Natalia. Pasó su infancia junto con su hermano Gabriel, el mayor de los primos,  en un lujoso piso que mi tío Felo, el arquitecto y su esposa Clara, la polaca que hacía lo imposible por separarlo de su familia, habían comprado en Zona Norte.

A las dos desde chiquitas nos gustaba vestir a la moda; yo, como puede verse en la foto, un poco más agrandada,  usaba tacos, pantalones pierna de elefante y bijouterie de acrílico de moda en la época. Ella, vestida en casas de moda fina para niñas bonitas, con jumper,  blusa de mangas abuchonadas, medias tres cuarto y guillerminas blancas. Íbamos a la misma escuela privada, igual que Gaby, el más lindo, inteligente y al que todos los primos admirábamos por ser el mayor.

En las reuniones familiares siempre estábamos juntas y nos creíamos más cancheras que los demás chicos, teníamos nuestros códigos. Dejamos de vernos cuando nuestros padres, Roberto y Felo, se pelearon, separaron su sociedad y dejaron de hablarse. No estuve cuando se casó a los 19 años con su novio de la alta sociedad judía, porque no me invitaron y porque, además yo andaba buscando mi destino en Europa. Mis padres que, pese al alejamiento oficial, aceptaron la invitación, me contaron por carta que la fiesta había estado hermosa. Liliana, mi madre, estaba admirada por la madurez de mi prima al decidirse a formar una familia siendo tan joven. Fiel a su estilo de bajar línea con indirectas, ya por entonces supe interpretar el mensaje. ¡Cómo iba a perder, mi propia madre, la ocasión de echarme en cara que yo no estuviera cumpliendo con el mandato social del matrimonio y los hijos! Todavía en los 80 las chicas judías se casaban vírgenes. Y no se veía bien que, en lugar de estar eligiendo candidatos me encontrase dando vueltas por el mundo quien sabe con qué malas compañías.

Unos años antes que Paula se había casado Gabriel, también con alguien de la alta sociedad, pero no judía, en una fiesta de ultralujo, en la que hasta tocó GIT, cuando empezaba a ser una banda conocida. También en esa ocasión mis padres pusieron entre paréntesis el enojo y dieron su presente. A mí no me invitaron y recuerdo que me molestó. Hoy lo agradezco. Por aquella época nadie hubiese podido imaginar que Gabriel terminaría por convertirse en el asesino de su propia madre y sospechoso de la muerte de su padre. Menos aún que su hermana, ya con dos hijas, separada y, por entonces, de novia con un sanador espiritual, terminaría por exiliarse en San Marcos Sierra.  Supe que se mudó a Córdoba capital después, por un amigo que descubrió nuestro  parentesco; estuvo allí hasta el año pasado, cuando se animó a volver a Buenos Aires.

Nos ubicamos por Facebook y un día me pidió que nos encontrásemos. Por su muro me había enterado que acababa de volver de un viaje por el Sudeste asiático y supuse que se había vuelto veggie, así que le propuse un lugar de comidas orgánicas y además, cercano a mi trabajo. Almorzamos en Artemisia. Me confesó que sentía pena por haber despreciado a nuestra familia; había hecho alianza, según dijo, con Clara y se había identificado con la línea materna, los sufrientes polacos, los ashkenazim, sobrevivientes del Holocausto, siempre horrorizados frente a la abundancia de pasiones, manjares y celebraciones que ostentamos los sefaradíes. La buena mesa, el abrazo, el infaltable llamado de cada shabat, la visita para cada nacimiento, boda y entierro, las reuniones de todos los años, de cada festividad, todo eso se había perdido, mucho antes de que Gaby asesinara a su mamá, la polaca que hacía lo imposible por separar a la familia, y ella decidiese esconderse del horror.

Muchas veces me pregunté, al recordar nuestra infancia, por qué Paula me había rechazado; cómo podía eludir el afecto y el sostén que ofrece una prima, cuando no se tiene una hermana.

-¡Me sorprende todo lo que tenemos en común: la danza, el arte!-, me dijo. Me contó que había huido buscando paz y que ahora necesitaba reconstruir su vida en su lugar.  Y que quería conocer a mis hijos, propuso.

– Sí, arreglemos-, contesté. Pero en el fondo sé que ya no da para tanta intimidad. Pensé, en cambio, en juntarnos las tres, pero Natalia me respondió que no le interesaba.

Heredé de mi papá esa preocupación por el bienestar de la familia. Creo que por eso soy la única que se ve ocasionalmente con todos. Incluso con mi primo Raúl que vive en Panamá y con su hermano Edgardo, que está solo en una inmensa casona en devoto con el tío José que ya anda por los 90 y que enviudó de Chiquita, era hermana de papá, el año pasado. A veces me acuerdo que Edy existe y lo llamo por teléfono o lo llevo a tomar un helado.

El resto están bien, se casaron, formaron lindas familias, y soy amiga de ellos en las redes sociales. Con la que más chateo es con Julieta, la hija de Dami, tiene diez años, se lo pasa con su blackberry subiendo fotos en las que saca la lengua  y también comenta mucho en mi muro.

Al que menos veo es a Hernán, el que todavía no había nacido cuando nos tomaron la foto.

cousins

 

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